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UN ALMA AFERRADA A UN CUERPO

Las apagadas lámparas de gas proyectaban largas sombras a través de los lúgubres corredores. El inspector Dupin hizo una pausa para recuperar el aliento, sosteniendo una vieja cartera de cuero. Su último caso había tomado un giro extraño, uno que desafiaba toda lógica y razón.

Más temprano esa noche, un pelotón de fusilamiento había ejecutado a una mujer llamada Ginggaew Lorsoungner por sus crímenes alegados. Pero mientras los hombres recargaban sus rifles, surgieron murmullos horribles del cuerpo caído. Con horror creciente, vieron que su pecho se elevaba y descendía lentamente. Dos balazos no habían sido suficientes para despachar su testaruda alma. Ocho más cayeron sobre su cuerpo tendido.

Dupin había acudido apresuradamente a la escena, con la esperanza de encontrar una explicación médica a lo sucedido pero el cuerpo ya no estaba allí sino en la morgue. Y allí, un nuevo terror le aguardaba. 

Continuó internándose en la oscuridad, siguiendo los gemidos agónicos que surgían de la sala más alejada. Al irrumpir en la habitación, se encontró con una escena sacada de sus más terribles pesadillas. Lorsoungner se retorcía sobre la plancha de metal, envuelta en un charco creciente de sangre. Sus órganos internos amenazaban con escapar de las heridas abiertas por las balas. Aun así, su rostro desfigurado reflejaba una voluntad feroz de sobrevivir, enfrentándose a la muerte en cada respiración agonizante.

Los asistentes se apretujaban contra las paredes, balbuceando oraciones en tailandés. Ninguno se atrevía a acercarse al monstruo que yacía ante ellos. Dupin debía actuar con rapidez antes de que Lorsoungner terminara por desangrarse. Le pidió a uno de los asistentes más valientes que lo ayudara a inmovilizarla en la plancha, ignorando sus gritos desgarradores. Con manos temblorosas, Dupin examinó sus heridas y trató de contener la hemorragia, aunque cada latido de su corazón bombeaba más sangre al exterior.

Mientras trabajaba, no podía dejar de preguntarse qué clase de espíritu indomable se agitaba bajo esa carne maltrecha. Su voluntad de vivir sobrepasaba los límites de la naturaleza humana. Dupin temía que algo más que mera terquedad la impulsara a resistirse a la muerte.

Finalmente logró estabilizar su estado, aunque era cuestión de horas antes de que volviera a desangrarse. Debía interrogarla cuanto antes para desentrañar el misterio que encerraba su alma obstinada. Con ayuda del asistente, la trasladaron a una sala más tranquila para intentar comunicarse con ella. 

Cuando los asistentes la depositaron nuevamente sobre la mesa, los ojos de Lorsoungner se abrieron de golpe, emitiendo un gemido grave con sus labios agrietados. La locura danzaba en su mirada febril. Dupin se echó para atrás sobresaltado. ¿Qué fuerza impía podía devolver a una mujer de la orilla de la muerte?

En esos ojos pálidos no vio vida, sino algo más...algo que se había aferrado a su carne debilitada, negándose a renunciar a su dominio sobre este reino mortal. Dupin sabía que debía encontrar respuestas en ese espíritu obstinado, antes de que su supervivencia amenazara toda la razón en sí...

Cuando la mujer recuperó la consciencia, sus ojos se clavaron en Dupin con una mezcla de odio y súplica. Habló con una voz ronca muy diferente a la que tenía cuando estaba viva:

-¡Déjenme morir de una vez! ¡Ya no pertenezco a este mundo!

NOTA HISTÓRICA: Se necesitaron dos rondas de disparos para acabar con la vida de Ginggaew Lorsoungnern en 1979 en Tailandia. Lorsoungnern sobrevivió a los primeros 10 tiros del pelotón de fusilamiento. Fue llevada a la morgue y sorprendió a las autoridades al intentar incorporarse. Al segundo intento del pelotón, Ginggaew Lorsoungnern murió finalmente fusilada.