Hector era una tormenta eléctrica de gran intensidad, que se iniciaba alrededor de las tres de la tarde y duraba hasta el anochecer. Su nube, de forma cónica y color gris oscuro, se elevaba hasta los 20 kilómetros de altura, y era visible desde cientos de kilómetros a la redonda. Su actividad eléctrica era tan intensa que se podían ver rayos de todos los colores, desde el blanco al rojo, pasando por el azul y el verde. Su sonido era ensordecedor, y su fuerza, devastadora. Cada día, Hector descargaba sobre las islas Tiwi y arrasaba con todo lo que encontraba a su paso: árboles, casas, animales, y a veces, personas.
Los habitantes de las islas Tiwi habían aprendido a convivir con Hector, y a respetarlo. Sabían que era inútil tratar de escapar de él, o de combatirlo. Lo único que podían hacer era refugiarse y esperar a que pasara. Algunos le rezaban, otros le ofrecían sacrificios, y otros simplemente lo ignoraban. Pero todos coincidían en que Hector era algo más que una tormenta. Era una presencia, una entidad, una voluntad. Y tenía un propósito.
Eso fue lo que descubrió el doctor Alan Grant, un joven y ambicioso científico que llegó a las islas Tiwi con la intención de estudiar a Hector. Grant era un experto en meteorología, y estaba convencido de que podía encontrar una explicación racional al fenómeno. Para ello, se instaló en una pequeña estación meteorológica, equipada con todo tipo de instrumentos y sensores, y se dispuso a observar y medir a Hector cada día.
Al principio, Grant estaba fascinado por la belleza y la potencia de la tormenta. Le parecía increíble que algo así pudiera ocurrir con tanta regularidad y precisión. Pero pronto, su admiración se convirtió en frustración. Por más que analizaba los datos, no encontraba ninguna causa que justificara la existencia de Hector. No había ningún patrón climático, ninguna anomalía atmosférica, ninguna influencia externa que pudiera provocar una tormenta tan perfecta y constante. Era como si Hector se generara a sí mismo, sin obedecer a ninguna ley natural.
Grant empezó a obsesionarse con Hector, y a descuidar su salud y su seguridad. Pasaba horas y horas frente a sus pantallas, buscando alguna pista, alguna clave, alguna respuesta. Se olvidaba de comer, de dormir, de asearse. Se aisló de los demás, y rechazó cualquier ayuda o consejo. Estaba convencido de que él era el único que podía resolver el misterio de Hector, y que estaba a punto de lograrlo.
Pero lo que no sabía Grant era que Hector también lo estaba observando a él. Y que no le gustaba lo que veía. Hector sentía la curiosidad, la arrogancia, y la insolencia de Grant. Y se ofendía por su falta de respeto, su desafío, y su intrusión. Hector no quería ser estudiado, ni comprendido, ni controlado. Hector quería ser temido, adorado, y obedecido. Y estaba dispuesto a demostrarlo.
Un día, Grant se atrevió a hacer lo que nadie había hecho antes: se acercó a Hector. Armado con un traje especial, un pararrayos, y una cámara, Grant se subió a un helicóptero, y se dirigió hacia el centro de la tormenta. Quería ver a Hector de cerca, y capturar su esencia. Quería ser el primero en hacerlo, y el único en saberlo. Quería ser el dueño de Hector.
Pero Hector no se dejó. Cuando Grant llegó al ojo de la tormenta, se encontró con una sorpresa. En lugar de ver un espacio vacío y tranquilo, como esperaba, vio algo que lo dejó sin aliento. Vio una cara. Una cara enorme, formada por nubes, relámpagos, y sombras. Una cara que lo miraba con furia, con odio, y con desprecio. Una cara que le habló con una voz que retumbó en su mente.
- ¿Quién eres tú para osar perturbar mi paz? - dijo la cara.
- Yo soy el doctor Alan Grant, un científico que quiere entender tu naturaleza - respondió Grant, temblando.
- No hay nada que entender. Yo soy lo que soy, y lo que siempre he sido. Yo soy Hector, el señor de las tormentas, el hijo del trueno, el heredero de la sangre. Yo soy el castigo, el terror, y la muerte. Yo soy el que hace temblar a los hombres, y el que los somete a mi voluntad. Yo soy el que no tiene principio, ni fin, ni explicación. Yo soy el que no puede ser dominado, ni desafiado, ni ignorado. Yo soy el que te va a destruir.
Y dicho esto, la cara abrió su boca, y lanzó un rayo que impactó contra el helicóptero, haciéndolo explotar en mil pedazos. Grant no tuvo tiempo de gritar, ni de arrepentirse, ni de comprender. Solo tuvo tiempo de morir.
Así fue como Hector se cobró su venganza, y se libró de su enemigo. Y así fue como Hector siguió siendo un misterio, y un horror, para todos los que vivían en las islas Tiwi. Y así fue como Hector demostró que no era una tormenta, sino una maldición. Una maldición que se originó hace muchos años, cuando unos colonos europeos llegaron a las islas, y cometieron un crimen atroz contra los nativos. Un crimen que despertó la ira de un dios antiguo, que juró vengarse de los invasores, y de sus descendientes. Un dios que tomó la forma de una tormenta, y que desde entonces, cada día, castiga a los culpables con su furia. Un dios que se llama Hector.
NOTA HISTORICA: Hector es una de las tormentas más extrañas del planeta, y tiene su propio nombre desde la Segunda Guerra Mundial, cuando los pilotos la usaban como guía para navegar.Se inicia todos los días sobre las islas Tiwi, al norte de Australia, alrededor de las tres de la tarde y dura hasta el anochecer. Su nube, de forma cónica y color gris oscuro, se eleva hasta los 20 kilómetros de altura, y es visible desde cientos de kilómetros a la redonda.Aunque no se conoce a ciencia cierta su origen, se cree que se forma por la convergencia de vientos en superficie, que se ven afectados por el régimen diurno-nocturno de brisas. Al calentarse el aire sobre tierra, se vuelve menos denso y asciende, arrastrando la humedad hacia la parte superior de la atmósfera. Esto parece que ser crea inestabilidad y favorece el desarrollo de la nube de tormenta.