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PERDIDOS EN LA NOCHE

En la oscuridad de una noche enmarañada, una familia se vio presa de la fatalidad. Las ruedas del destino giraban sobre el asfalto húmedo, guiando su coche por un sendero solitario. Un chisporroteo metálico y un susurro gutural marcaron la tragedia: el motor del vehículo se detuvo, dejándolos varados en un lúgubre paraje.

—¿Qué está pasando, papá? —preguntó la niña, con un temblor en su voz que reflejaba el eco de la incertidumbre que se extendía por el habitáculo del automóvil.

El padre, con un rostro impregnado de preocupación, trató de arrancar el motor sin éxito. Mientras su esposa intentaba encontrar señal en el móvil, una transmisión inquietante inundó la cabina del coche a través de la radio.

"Se advierte a la población que un recluso peligroso ha escapado de la penitenciaría local. Se le considera extremadamente violento y está cerca de esta área."

El terror se apoderó del interior del vehículo, erizando la piel de los ocupantes. Los latidos del corazón parecían resonar más allá de lo natural, acompasados con el rugido de la tormenta que azotaba con furia. Y entonces, golpes sordos comenzaron a retumbar en el techo del coche, rítmicos como el tambor de un oscuro presagio.

—¡¿Qué es ese ruido?! —exclamó la madre, con los ojos abiertos de par en par, reflejando el desconcierto y el miedo que los envolvía.

Las sombras se alargaban, parecían cobrar vida en el cristal empañado de las ventanas. En el silencio sobrecogedor, solo se escuchaban los latidos de sus propios corazones agitados.

Cada golpe en el techo resonaba como el tañido de la fatalidad, cada sonido acrecentaba la oscuridad de la incertidumbre. La radio, en un eco distorsionado, anunciaba que el fugitivo estaba cerca, en algún lugar indeterminado a la deriva, deslizándose como una sombra entre los árboles retorcidos.

De repente, un silencio ominoso envolvió la escena, rompiendo la cadencia de los golpes. La inmovilidad era más atemorizante que cualquier sonido. Una sola pregunta se abrió paso en sus mentes: ¿habían cesado los golpes porque el asesino estaba allí afuera, al acecho?

En ese instante de angustiosa incertidumbre, un arrebato de terror abrazó sus almas. Un susurro, apenas perceptible, se filtró en la negrura de la noche. Algo se arrastraba sobre el techo, algo que no podía ser definido ni avistado.

El grito atrapado en sus gargantas apenas escapó al abrazo de la noche, y en un parpadeo, todo se desvaneció.

El final es un misterio, atrapado en la penumbra de lo desconocido, una realidad que nunca se devela. ¿Era el fugitivo, un ser sobrenatural o algo aún más insidioso? El relato se esfuma, quedando suspendido en la nebulosa del miedo, con la incertidumbre como única compañera...