En las sombras de la Francia del siglo XV, un noble de nombre Gilles de Rais se había ganado una considerable reputación. Había luchado valientemente junto a Juana de Arco. Su fama provenía tanto de sus hazañas en el campo de batalla, como de las bondades que se comentaban sobre él.
Nuestra historia comienza en una noche tormentosa, cuando un niño desapareció del pueblo cercano al castillo de Gilles. Los aldeanos, temerosos pero desesperados, se dirigieron al castillo de su señor en busca de ayuda.
Gilles, con su sonrisa encantadora y palabras tranquilizadoras, prometió buscar al niño. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, más niños empezaron a desaparecer. Los aldeanos estaban aterrados, porque cada vez eran más las familias que veían desaparecer a alguno de sus hijos.
Una noche, un valiente aldeano decidió seguir a un muchacho después de que éste fuera llamado al castillo. Lo que vio a través de las ventanas iluminadas por la luna llena le heló la sangre. Gilles, rodeado de símbolos oscuros y murmurando palabras incomprensibles, estaba realizando algún tipo de ritual. En el suelo yacían los cuerpos de dos niños mutilados.
El aldeano aterrado huyó y contó lo que había visto. Los habitantes del pueblo, llenos de horror y furia, asaltaron el castillo. Encontraron a Gilles en medio de su ritual, con los cadáveres de algunos de los niños desaparecidos a su alrededor.
Gilles fue llevado ante la justicia y condenado por sus crímenes. Pero incluso mientras era llevado a la horca, sonreía. Murmuró unas últimas palabras que hicieron que incluso los más valientes se estremecieran: “No es el final. Volveré”.
La leyenda de Gilles de Rais se convirtió en una historia de terror que se contaría durante siglos, una advertencia escalofriante sobre el mal que puede esconderse detrás de una cara amable.