De repente, un coche se detuvo junto a ella. El conductor bajó la ventanilla y le ofreció llevarla a un hotel. Elizabeth aceptó, pensando que quizás podría conseguir algo de dinero o un papel en alguna película. Se subió al coche y se presentó. El hombre dijo llamarse George Hodel, y que era médico.
Elizabeth se sintió aliviada. Tal vez había encontrado a alguien que la ayudara. George le dijo que tenía una clínica privada cerca, y que podía examinarla y darle algo para el resfriado que tenía. Elizabeth accedió, confiando en su aparente bondad.
George condujo hasta una casa grande y oscura. Le dijo a Elizabeth que entrara, que la clínica estaba en el sótano. Elizabeth bajó las escaleras, siguiendo a George. Al llegar al final, vio una puerta metálica con un letrero que decía: “No entrar. Peligro de radiación”.
¿Qué es esto? - preguntó Elizabeth, asustada.
No te preocupes, es solo una precaución. Aquí guardo algunos equipos médicos. Ven, te mostraré - dijo George, abriendo la puerta con una llave.
¿Qué es esto? ¿Qué has hecho? - gritó Elizabeth, retrocediendo.
Es mi obra de arte. Mi obra maestra. La llamo la Dalia Negra. Y tú vas a ser la próxima - dijo George, sonriendo.
Elizabeth intentó escapar, pero George la agarró por el pelo y la arrastró hasta la mesa. Le inyectó una sustancia que la dejó paralizada, pero consciente. Luego, con una precisión quirúrgica, le hizo el mismo corte que a la otra mujer, mientras le susurraba al oído:
- No llores, Dalia. Esto es lo mejor que te puede pasar. Vas a ser famosa. Vas a ser inmortal. Vas a ser mi Dalia Negra.