El joven Julio César se despertó con el sonido de las olas y el olor a sal. Abrió los ojos y vio el cielo azul y el sol brillante, pero no sintió ninguna alegría. Estaba atado a un mástil en el centro de una embarcación pirata, rodeado de hombres sucios y malolientes que lo miraban con codicia y burla.
¿Qué tal, noble romano? -le gritó el capitán, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla-. ¿Estás listo para pagar tu rescate?
¿Rescate? -repitió César con desdén-. ¿Qué rescate?
Veinte talentos de plata, eso es lo que pedimos por tu vida -dijo el capitán, mostrando una sonrisa torcida.
¿Veinte talentos? -se rió César-. ¿Es eso todo lo que creéis que valgo? Os diré lo que haré: os doy permiso para pedir cincuenta talentos, pero a cambio, me tratáis como a un huésped, no como a un prisionero.
Los piratas se quedaron atónitos ante la audacia de César, pero pronto se unieron a su risa. Pensaron que el joven estaba loco o que tenía un gran sentido del humor. Así que aceptaron su oferta y lo desataron, dejándolo moverse libremente por el barco.
- ¡Ah bribones! - exclamó bromeando- juro que algún día os crucificaré a todos...
Un día, el rescate llegó. Los piratas recibieron los cincuenta talentos de plata y liberaron a César, que se despidió de ellos con una sonrisa.
Ha sido un placer conoceros, amigos -les dijo-. Espero que nos volvamos a ver pronto.
Igualmente, noble romano -le respondieron los piratas-. Eres un hombre de palabra y de valor. Que los dioses te bendigan.
César subió a una pequeña embarcación que lo llevó a la costa, donde lo esperaban sus amigos. Sin perder tiempo, se dirigió a Mileto, donde había reunido una pequeña fuerza naval y les ordenó que zarparan de inmediato.
Los piratas, confiados y despreocupados, no se dieron cuenta de que César los seguía. Estaban tan contentos con el botín que se habían olvidado de las amenazas que César les había hecho en broma, de que los crucificaría en cuanto estuviera libre.
Pero César no bromeaba. Era un hombre vengativo y cruel, que no perdonaba ni olvidaba. Y tenía una cuenta pendiente con los piratas.
Los alcanzó en una pequeña isla, donde los piratas habían desembarcado para celebrar su fortuna. Los atacó por sorpresa, con una furia implacable. Los piratas no tuvieron tiempo de reaccionar. Cayeron uno tras otro, bajo el filo de las espadas y las lanzas de los hombres de César.
César capturó a los supervivientes y los llevó a la costa, donde los entregó al gobernador Marco Junio. Le pidió que los castigara como se merecían, pero Junio se mostró indeciso. Temía que los piratas tuvieran aliados poderosos que pudieran causarle problemas.
César no estaba dispuesto a dejar que los piratas escaparan de su justicia. Así que los sacó de la cárcel y los llevó a un lugar apartado, donde había preparado unas cruces de madera. Los hizo clavar en ellas, uno por uno, mientras les recordaba sus palabras.
- ¿Os acordáis de lo que os dije, amigos? -les preguntó con una sonrisa maliciosa-. Que os crucificaría en cuanto estuviera libre. Pues bien, aquí estoy, libre y dispuesto a cumplir mi promesa.
Los piratas se retorcieron de dolor y de terror, mientras César los observaba con satisfacción. Algunos le suplicaron piedad, otros le maldijeron, otros se quedaron en silencio. César no les hizo caso. Se limitó a disfrutar de su venganza, observando la cruel y sangrienta escena hasta que los piratas dejaron de respirar.
Entonces, se alejó del lugar, sin mirar atrás. Había cumplido su objetivo. Había demostrado su poder y su crueldad. Había escrito una página de terror en la historia.
NOTA HISTORICA: En el año 75 a.C., un Julio César de 25 años fue capturado por piratas cilicios en el mar Egeo, que mantuvieron cautivo al joven noble por un rescate de 50 talentos. Durante 38 días, se sintió como en casa entre los piratas y los trató como a sus subordinados, leyéndoles poemas y jugando a sus juegos, mientras les advertía que los crucificaría en cuanto estuviera libre. El rescate llegó, César fue liberado y lo primero que hizo fue reunir una pequeña fuerza naval en Mileto para encontrar a los piratas. César los capturó, recuperó el rescate y culminó su venganza sacando a los piratas de la cárcel y crucificándolos.