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LA MALDICION DEL HOLANDES ERRANTE

Era una noche oscura y tormentosa en el mar. Un barco pesquero navegaba de regreso a casa después de una larga jornada de trabajo. A bordo iban el capitán, su hijo y diez marineros. Todos estaban cansados y deseaban llegar a puerto cuanto antes.

De repente, el hijo del capitán vio una luz extraña en el horizonte. Era una vela roja que se movía rápidamente hacia ellos. El joven se lo dijo a su padre, quien cogió el catalejo y observó con atención.

  • ¡Por Dios! -exclamó el capitán-. ¡Es el Holandés Errante!

El Holandés Errante era un barco fantasma que, según la leyenda, vagaba por los mares sin rumbo ni destino, condenado a navegar eternamente por haber desafiado a Dios. Se decía que traía mala suerte y desgracia a todo aquel que lo viera, y que solo podía ser liberado de su maldición si encontraba el amor de una mujer fiel.

  • ¡Rápido, cambiad de rumbo! -ordenó el capitán-. ¡No debemos cruzarnos con él!

Los marineros obedecieron y viraron el timón, pero era demasiado tarde. El Holandés errante se acercaba cada vez más, como si los persiguiera. Su casco era negro y desgastado, y su tripulación estaba formada por espectros pálidos y silenciosos. El viento soplaba con fuerza y las olas golpeaban con violencia.

  • ¡Padre, tenemos que hacer algo! -gritó el hijo del capitán-. ¡No podemos escapar!

  • ¡No hay nada que hacer, hijo! -respondió el capitán-. ¡Estamos perdidos!

Entonces, el Holandés Errante se puso a la par del barco español y lanzó un cañonazo. El impacto fue tan fuerte que hizo saltar por los aires la cubierta y el mástil. Los marineros cayeron al agua y se ahogaron. El capitán y su hijo quedaron heridos y atrapados entre los restos.

  • ¡Padre, no me dejes! -suplicó el hijo del capitán-.

  • ¡Hijo, te quiero! -dijo el capitán-.

En ese momento, el Holandés Errante se detuvo y bajó una escalera. De ella descendió un hombre alto y barbudo, vestido con un abrigo rojo y un sombrero de plumas. Era el capitán del barco fantasma, el holandés Hendrik van der Decken. Se acercó al barco español y miró a los supervivientes con una expresión de tristeza y compasión.

  • Lo siento, amigos -dijo-. No quería hacerles daño, pero no tengo elección. Es mi destino.

  • ¿Quién eres? -preguntó el capitán español-.

  • Soy el Holandés Errante -respondió el holandés-. Hace más de trescientos años que navego por los mares, sin poder pisar tierra ni encontrar la paz. Fui maldito por Dios por mi soberbia y mi blasfemia. Solo podré descansar si una mujer me ama y me espera hasta mi regreso.

  • ¿Y qué quieres de nosotros? -preguntó el hijo del capitán español-.

  • Nada, solo cumplir con mi condena -dijo el holandés-. Cada siete años, puedo desembarcar y buscar a mi salvación. Pero hasta ahora, ninguna mujer ha sido fiel a su promesa. Todas me han traicionado o abandonado. Por eso, cada vez que veo un barco, lo ataco y lo hundo, esperando que algún día, entre sus pasajeros, se encuentre el verdadero amor.

  • ¡Eso es horrible! -exclamó el hijo del capitán español-.

  • Sí, lo es -admitió el holandés-. Pero no puedo hacer nada para cambiarlo. Es mi destino.

  • ¿No hay ninguna forma de romper la maldición? -preguntó el capitán español-.

  • Solo una -dijo el holandés-. Si alguien se ofrece voluntariamente a compartir mi destino y navegar conmigo por la eternidad, la maldición se romperá y ambos seremos libres en el más allá.

  • ¿Y nadie lo ha hecho? -preguntó el hijo del capitán español-.

  • Nadie -dijo el holandés-. Nadie ha tenido el valor ni el amor suficiente para hacerlo.

  • Yo lo haré -dijo el hijo del capitán español-.

  • ¿Qué? -se sorprendieron el capitán español y el holandés-.

  • Yo me ofreceré a compartir tu destino y navegar contigo por la eternidad en el más allá -repitió el hijo del capitán español-. Así, te liberarás de tu maldición y mi padre y los demás podrán vivir.

  • ¿Estás seguro de lo que dices? -preguntó el holandés-. ¿Sabes lo que implica?

  • Sí, lo sé -dijo el hijo del capitán español-. Implica renunciar a mi vida, a mi familia, a mi tierra. Implica sufrir el dolor, el frío, el hambre, el miedo. Implica estar solo, sin esperanza, sin futuro. Pero también implica hacer un acto de bondad, de generosidad, de amor. Implica darle sentido a mi existencia y a la tuya. Implica ser un héroe.

  • ¿Por qué lo haces? -preguntó el holandés-. ¿Qué te mueve?

  • No lo sé -dijo el hijo del capitán español-. Tal vez sea la compasión, tal vez sea la curiosidad, tal vez sea el destino. Solo sé que lo siento en mi corazón. Quiero ayudarte. Quiero acompañarte. Quiero ser tu amigo.

  • No puedo creerlo -dijo el holandés-. ¿Es posible que después de tanto tiempo, haya encontrado a alguien que me quiera de verdad?

  • Sí, es posible -dijo el hijo del capitán español-.

  • Entonces, ven conmigo -dijo el holandés-. Sube a mi barco y naveguemos juntos por la eternidad.

  • Adiós, padre -dijo el hijo del capitán español-. Te quiero mucho. No me olvides.

  • Adiós, hijo -dijo el capitán español-. Yo también te quiero. Estoy orgulloso de ti. 


El hijo del capitán español se despidió de su padre y subió al Holandés errante. El holandés le dio la bienvenida y le abrazó. Luego, levantó la vela y se alejó. El barco español se hundió en el mar, pero el capitán y los marineros que aún vivían fueron rescatados por otro barco que pasaba por allí. Ellos contaron la historia de lo que habían visto y oído, más nadie nunca les creyó.



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NOTA HISTORICALa leyenda del Holandés Errante tiene su origen en los antiguos relatos marítimos de los Países Bajos. La historia se centra en el capitán de un barco holandés llamado Willem van der Decken, quien hizo un pacto con el diablo para poder surcar siempre los mares sin importar los retos naturales que pusiera Dios. La primera referencia escrita sobre el Holandés Errante que se tiene documentada, la encontramos en el libro “Viajes en varias partes de Europa, Asia y África durante una serie de treinta años y más allá”, escrito por John MacDonald en 1790, donde menciona un supuesto avistamiento de este barco fantasma por parte de los marineros.