La noche era oscura y silenciosa, sólo interrumpida por el eco de los cascos de los caballos en las calles empedradas. El castillo de Alba de Tormes estaba iluminado por antorchas, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. En el corazón del castillo, en la capilla, yacía el cuerpo de Inés de Castro, tan hermosa en la muerte como lo había sido en vida.
Pedro I de Castilla, con la corona en sus manos, se acercó al cadáver de su amada. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de dolor y determinación. Con un movimiento suave, colocó la corona en la cabeza del cadáver de Inés convirtiéndola en su reina después de su muerte, en un acto político de venganza hacia aquellos que la habían asesinado. En ese instante, un viento helado sopló por la capilla, apagando las velas y dejando la sala en la oscuridad.
Cuando las velas se volvieron a encender, todos se quedaron boquiabiertos. Inés, que hasta hace un momento había estado pálida y sin vida, ahora parecía estar viva. Su piel había recuperado su color, sus labios estaban rojos y sus ojos, antes vacíos, ahora brillaban con una luz sobrenatural.
Desde aquel día, se dice que el fantasma de Inés de Castro vaga por el castillo de Alba de Tormes, con su ejército de sombras, esperando el momento para reclamar todo el reino para sí misma. Pedro, atrapado en un reinado de terror, se vio obligado a vivir con la visión de su amada convertida en un monstruo, un recuerdo constante de la terrible noche de la coronación. Ese es el verdadero terror, vivir con las consecuencias de nuestras acciones, por muy bien intencionadas que sean.
NOTA HISTORICA: En el siglo XIV, Pedro I de Portugal se casó por conveniencia, pero se enamoró de su prima Inés de Castro. Tras la muerte de su esposa, Pedro e Inés formaron una familia, lo que desató la ira de su padre, quien ordenó asesinar a Inés. Pedro, al convertirse en rey, vengó la muerte de Inés y la proclamó reina después de su muerte. La leyenda cuenta que Inés fue exhumada, coronada y reconocida como reina por los cortesanos.