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TRAMPA MORTAL EN MOSCU

Era una noche como cualquier otra en Moscú. Había sido un largo día de trabajo y Yelena solo quería relajarse viendo una obra de teatro con sus amigas. Nada podía hacer presagiar la pesadilla que se avecinaba.

Pasaban pocos minutos de las nueve cuando hicieron su entrada en el teatro Dubrovka. Un gran edificio art decó en el corazón de la capital rusa. Dentro ya casi no quedaban localidades y el ambiente estaba cargado de expectación. Pronto daría comienzo la función.

Fue entonces cuando los primeros disparos retumbaron en la sala. Un grupo de hombres enmascarados irrumpió por la puerta principal abriendo fuego indiscriminadamente. El pánico se desató entre los espectadores, que comenzaron a correr enloquecidos buscando refugio.

-¡Al suelo! ¡Quietos todos! -gritaba uno de los asaltantes con un fuerte acento checheno.

Otros encapuchados ya se habían dispersado controlando las salidas. Nadie podía escapar. Pronto todo quedó en completo silencio. Más de 800 personas habían sido tomadas como rehenes.

Yelena estaba paralizada del miedo tendida en el suelo. A su alrededor, cuerpos ensangrentados y gente llorando. No entendía nada. ¿Por qué atacaban un teatro? ¿Qué querían esos locos? Cerró los ojos con fuerza pensando en su familia. “Por favor, que todo acabe pronto”.

Los días pasaron en un estado de creciente tensión. Nadie sabía muy bien cuáles eran las exigencias de los secuestradores, aunque se hablaba de la independencia de Chechenia. La policía mantenía el perímetro acordonado, incapaz de actuar por miedo a que masacraran a los rehenes.

Dentro del teatro, el ambiente era asfixiante. Habían cerrado todas las ventanas y puertas, dejando que el calor y el mal olor fuesen en aumento. Los secuestradores, liderados por un tal Movsar Baráyev, mantenían un estricto control sobre los rehenes. Cualquier movimiento sospechoso podía ser castigado con la muerte. 

Yelena trataba de mantener la calma ayudando a los heridos. Poco a poco iba conociendo a otros rehenes, intentando distraerse de la situación. Con Ana y Nikolai charlaba sobre su vida fuera, sobre sus familias que probablemente estaban desesperadas. El tiempo pasaba agonizante.

Una noche, llegaron más noticias alarmantes. Al parecer los políticos rusos se negaban a negociar. Baráyev, furioso, amenzó con empezar a ejecutar rehenes si no cumplían sus demandas. El pánico se apoderó de todos. Yelena no podía parar de llorar. ¿Qué elegiría el gobierno? ¿Dejaría que los matasen a todos?

Los días se convirtieron en semanas. La tensa calma dentro del teatro contrastaba con el ajetreo fuera, donde equipos de rescate internacionales habían llegado para ayudar. Pero el tiempo jugaba en contra. Los rehenes estaban cada vez más débiles y enfermos. Algunos ya habían muerto.

Hasta que un día, sin previo aviso, comenzó el asalto final. Un estruendo ensordecedor seguido de gases somníferos invadieron la sala. A través del denso humo pudo ver figuras enmascaradas irrumpiendo por todas partes disparando. Gritos, llantos. Yelena quedó inconsciente, rezando para no morir o para no despertar entre cientos de cadáveres.

Lo siguiente que recuerda es abrir los ojos en una ambulancia. Un destacamento del ejército la sacaba del teatro, completamente desorientada. Poco a poco fue recuperando la noción de lo sucedido. Para Yelena, aquellos días encerrada con la amenaza constante de la muerte son una cicatriz imborrable. Una lección dolorosa de lo frágil que puede resultar la vida y lo vulnerables que estamos ante la locura humana.


NOTA HISTÓRICAEl 23 de octubre de 2002, entre 40 y 50 rebeldes chechenos asaltaron el teatro Dubrovka de Moscú y capturaron a 800 personas como rehenes durante un espectáculo musical. Los terroristas exigían la retirada de las fuerzas rusas de Chechenia y el fin de la Segunda Guerra de Chechenia. Las autoridades rusas respondieron introduciendo un agente químico secreto en el sistema de ventilación del edificio antes de empezar la operación de rescate. 40 insurgentes murieron, pero el veneno también se cobró la vida de 130 rehenes inocentes.